Hace horas que caminamos. Estamos verdaderamente agotados; las piernas ya no nos responden, incluso alguno ha tropezado varias veces al intentar elevar el ritmo, de caminata apurada a trote suave. Lo peor es la humedad, la sensación viscosa de permanecer constantemente mojados, sabiendo que no nos secaremos pronto. Nunca antes me había sentido tan mojada, tan húmeda. La humedad se mete en el cuerpo y es muy difícil sacarla, se queda allí agarrada.
Finalmente hemos decidido parar a descansar, rendidos, e intentar pensar alguna estrategia que nos ayude a escapar definitivamente. Nos detuvimos dentro de un comercio que parece abandonado. Está vacío, de puertas abiertas, pero por lo menos nos evita el agua sobre las cabezas y espaldas. Está claro que caminar, por sí solo, no nos ayudará.
Esto ha generado varias discusiones, suspiros y miradas extrañas. Están los más pesimistas que alegan que no hay forma posible de escape y que sólo nos queda la resignación y comenzar a construir un modo de vida en torno al escape y el escondite. Asumir, en pocas palabras, el nuevo estado de cosas como algo definitivo; adaptarse y continuar con nuestras vidas así. Recuerdan los primeros días, cuando veíamos a la gente de los barrios periféricos en las noticias, inundados, resignados, cargando con lo que podían. Ahora así somos todos, de una manera u otra, dicen.
Luego, los más optimistas, creen que siempre hay un modo de eludir este tipo de circunstancias, que rozan con lo ridículo, según argumentan, y que no pueden llegar a vencer a la especie más evolucionada sobre el planeta: el ser humano siempre ha logrado encontrar una forma de salir adelante, dicen. Sobre esta última parte también se desataron algunas discusiones menores, ya que el grupo está integrado por la más variopinta selección de gente. Pero fueron rápidamente olvidadas en pos del tema principal.
La lluvia sigue, haciéndose oír por encima de las charlas y las discusiones. Me distraigo viendo una mosca volar cerca de mí. Estaba convencida de que habrían muerto todas.
Lentamente las discusiones, del tipo que fueran, comenzaron a disolverse en el aire húmedo y quieto, para dejar paso a un silencio cansado, casi abrumado por el monótono sonido de la lluvia cayendo. Todos estamos mojados e incómodos, las ropas pegadas al cuerpo y el agua filtrándose por las capas de tela. De vez en cuando alguien se para y se aproxima hacia la entrada, como para comprobar con sus ojos lo que sus oídos ya le dijeron: la lluvia continúa cayendo; lenta, mansamente, sin variar nunca el ritmo ni el caudal, una cortina de tul plateado que nos separa de lo que hay más allá. Todo dejo de romanticismo o belleza que pudiera tener se ha ido perdiendo con el correr de los días.
Durante las largas horas de escape hemos intentado, desesperados, varias estrategias para eludirla: desde pequeñas carreras imprevistas, hasta dispersarnos en un parque, siguiendo diferentes direcciones, para reagruparnos nuevamente en un punto previamente estipulado. Sin embargo, sólo conseguimos volver a vernos cargados de agua, mojados por las horas transcurridas bajo la lluvia.
Es extraño como la ciudad se ha vuelto una ciudad fantasma: no se ven casi personas en las calles, ni autos, los movimientos se han reducido al mínimo. Han comenzado las leyendas urbanas, los mitos y los rumores hace tiempo, enredándose en el asfalto empapado. Alguien del grupo asegura que es todo un experimento social, otros dicen que el mundo está colapsando; hubo incluso una chica que aseguraba que todo era un arma de un país vecino. Pero la realidad es que ninguno de nosotros sabe por qué sucede esto.
Recuerdo las primeras semanas, el asombro seguido de incredulidad; los debates, las soluciones a medias; la lenta perdida de conexión con el mundo. Y todo eso ha quedado ahogado por los días y días de lluvia.
Por supuesto hubo quienes no soportaron esta situación y decidieron que preferían refugiarse en el interior de algún edificio y pasar allí el resto de sus días, buscando algún sitio donde rehacer sus hogares. La mayoría de los habitantes de la ciudad ya han optado por esto hace mucho tiempo, resignados, intentando adaptarse a la nueva realidad, como la rana en la olla de agua que se va calentando lentamente, hasta finalmente, morir hervida.
Pero nosotros no, nosotros nos fuimos juntando, sin ton ni son, sin un plan aparente, pero con un deseo concreto: escapar de esta lluvia. Quien no se encuentre en esta situación puede llegar a pensar que es algo sencillo: alcanza con utilizar ropa impermeable, evitar la calle excepto que sea totalmente necesario salir, en fin, hacer de cuenta de que esto es solo otra lluvia. Pero esta lluvia es diferente. De eso nos comenzamos a dar cuenta todos al tercer o cuarto día de diluvio ininterrumpido, cuando se hizo evidente que el ritmo y la fuerza del agua no variaba nunca, cuando los meteorólogos, tan desconcertados como el resto, anunciaron su renuncia en vivo.
Para colmo, nadie sabe muy bien por qué, todas las posibles líneas de comunicación con el exterior de la ciudad han dejado de funcionar. Los pocos que, cansados y decididos, se largaron a tratar de abandonar la ciudad, no regresaron, ya sea por el éxito de su cometido o por el fracaso del mismo. Y los que fuimos quedando, entre asustados y saturados de tanta agua, fuimos decantando hacia estos pequeños grupos (porque sé que ha de haber más como nosotros, debe haberlos) intentando dejar atrás este nuevo mundo acuático al que nos hemos visto arrojados. Recuerdo lo difícil que fue dejar el apartamento y a mí gato, tomar la decisión de salir para siempre. Y sin embargo no recuerdo el apartamento en sí, solo las sensaciones han quedado luego de tantos días bajo el agua. Las imágenes se van borrando. Aunque al gato aún lo extraño, y deseo que la vecina lo cuide bien.
Repentinamente, con la misma brusquedad con que comenzó, la lluvia cesa. Todos miramos hacia afuera, podemos ver el otro lado de la calle, la vereda, el pavimento, algunos automóviles abandonados y la capa de agua que ahora se ha vuelto parte integral de la ciudad, una alfombra líquida que cubre cada calle de esta ciudad. Algunos suspiran, otros sacuden la cabeza, pero pocos se sienten esperanzados; ya sabemos lo que ocurre en estos casos.
Como siguiendo un guión que todos conocemos, alguien se levanta y grita, desahogando toda su frustración, palabras de incentivo, un descargo que busca envalentonar al que habla; y así, sin más preámbulos, sale, casi corriendo, al exterior. Es la locura de la lluvia, todos conocemos a alguien que ha sucumbido, o varios. Comienzan a caminar, con los hombros levantados, como esperando un golpe que no se sabe cuándo ha de llegar, mirando hacia arriba con ojos entrecerrados, no por el sol o la luz, sino por el gris cegador de este cielo monótono. Siguen caminando, cobrando valor a cada paso. Pero no consiguen avanzar más de cincuenta pasos antes de que una cascada caiga sobre ellos, pesada y brillante, pequeña como la luz de un foco de teatro, envolviendo sólo a aquel que se ha atrevido a lanzarse al exterior.
El fugitivo grita, alzando los puños desafiantes hacia un cielo que ya no ve, pues se encuentra dentro de un círculo de lluvia que ha sido liberado especialmente para él. Finalmente, vaya uno a saber por qué, se lanza a correr hacia otras calles, con la lluvia siguiendo sus pasos, cayendo pesada sobre ese cuerpo demasiado mojado ya como para preocuparse. Los vemos desaparecer tras una esquina, pero al mirar hacia arriba aún se puede ver la columna acuática bajando desde lo alto para perderse tras edificios y casas, avanzando tras su presa de manera decidida.
Los pocos que se han levantado para observar el suceso desde la entrada ya han vuelto a sus lugares, suspirando, negando con la cabeza, los hombros caídos y el cuerpo pesado. No es la primera vez que sucede, pero siempre nos deja un sabor amargo en la boca.
Sin pensarlo, ni enunciarlo en voz alta, formamos una ronda, apretados dentro de este pequeño hall, mirándonos las caras, preguntando con los ojos, unos a otros, cuál es el próximo paso. Alguien dice algo, un comentario en memoria de aquellos que se han ido, recordando su forma de ser o algún detalle de su carácter. Siempre hay alguna frase de estilo para estos casos, pero pronto volvemos a concentrarnos en lo que tenemos que hacer en el momento: nunca sobran los minutos de quietud y calma. A lo lejos se escucha caer el agua, a manzanas de distancia, tras otro grupo u otro fugitivo.
Pasamos un rato así, no sabría decir cuánto. Afuera no llueve pero el día se va lavando hacia la noche. Un par se levanta casi al unísono. Nos vamos a nuestras casas, dicen, con el tono cansado de quien no quiere tener que explicar algo obvio. Y sin más palabras parten. No han pasado ni dos minutos desde que se fueron cuando escuchamos la lluvia golpear el pavimento cerca de aquí, pero no tanto como para verla. Se fueron separados, dice alguien con la cabeza ladeada, escuchando, descifrando los sonidos como el código morse del nuevo mundo. Dónde vivían, pregunta otro, intentando recordar. Algún otro menciona un barrio, se nombran calles. Y pronto todo vuelve a la quietud húmeda.
Pocos hablan, y lo que dicen es algo que todos vemos correr escrito en las miradas de los demás. Dormiremos aquí; mañana partimos hacia el límite de la ciudad. Con suerte, saliendo temprano en la mañana, llegaremos allí a media tarde. Nadie discute ya, nadie propone otro plan. Cada uno se acomoda en algún rincón y se ovilla para intentar dormir.
En la madrugada me despierto dos veces con el sonido de la lluvia, pero no abro los ojos, no quiero saber si es que alguien se ha ido o ha pasado otro grupo de personas frente a la puerta de este lugar. El sueño me vuelve a vencer, incómodo, mojado y oscuro. Las noches son largas y monótonas, durmiendo sobre sitios fríos y duros. Despierto con las voces de los más madrugadores, haciendo ya los preparativos para la jornada, se repasa la cantidad de integrantes del grupo, se reparten botellas de agua y viandas para la jornada. Alguien se fue por la noche pero dejó su mochila y una nota, agradeciendo el tiempo, los cuidados, el apoyo. Mientras ajustamos nuestras mochilas y cambiamos la ropa que podemos, una señora mayor surge del ascensor que se camufla al fondo del hall, en bata, con una sonrisa triste y nos observa, estudiando nuestro aspecto, decidiendo si seguir o volver; finalmente avanza. Lleva un pequeño perro en brazos y nos da los buenos días. Camina a través del desordenado grupo, llega hasta la entrada y coloca al perro en el piso. Este corre rápidamente, entrenado ya por la experiencia, se detiene al pie del árbol que hay cerca de la entrada y hace sus necesidades a una velocidad digna de asombro. Cuando la lluvia golpea el árbol y se escurre hacia la vereda entre sus ramas, el perro ya está en brazos de su ama nuevamente. Ambos desandan el camino hacia el ascensor y se despiden mientras las puertas se cierran frente a ellos. La lluvia ya cesó.
Por un momento alguien juega con la idea de subir en ascensor y buscar algún apartamento vacío, explorar, investigar opciones. Pero pronto la idea es abandonada. Ya hemos pasado por eso, lo hacemos solo cuando es estrictamente necesario: es inútil y agotador. Rara vez se consiguen cosas realmente útiles, y en general solo sirve para despertar la nostalgia y la pena.
Cargamos nuestras cosas y partimos todos juntos, un pequeño grupo informe, aún más pequeño que la noche anterior, ahora que podemos confirmar un par de deserciones. Nadie lo comenta pero es algo evidente. Nadie se atreve a juzgar a esos fugitivos que decidieron quedarse en la prisión, pues nadie sabe cuánto podrá resistir en esta fuga. No hemos llegado a la esquina cuando ya estamos empapados. No nos importa, seguimos caminando, lentamente, empecinados, con un objetivo en mente. Damos vuelta esquinas, caminamos por largas avenidas de semáforos tuertos y guiñantes, cruzamos calles vacías y avanzamos, metro a metro, litro a litro, cargados con el agua de milenios sobre nosotros, pateando charcos que se vuelven ríos y torrentes donde antes hubo cemento.
Han pasado horas ya, y según nuestros cálculos, y el conocimiento de alguno del grupo que supo ser conductor de taxis, estamos ya cerca de los límites de la ciudad; hemos cruzado un puente y una ruta hace un rato; hay menos casas y más descampados, aunque eso es más una idea, una deducción, que una observación. La lluvia arrecia y se hace más pesada, es casi una pared y cuesta atravesar cada metro dominado por su presencia, hay que luchar con todo el cuerpo para avanzar, golpeando las gotas con los hombros y los brazos, entumecidos por el constante golpeteo de la lluvia, agarrotados por la lucha. Estamos cansados, pero nos negamos a ceder, nos negamos a rendirnos. Caminamos juntos, cada uno con una mano aferrada a la mochila del siguiente, un grupo que no es una columna ni un frente, es simplemente una masa avanzando entre el tejido de la lluvia, un insecto gigantesco y obstinado. Sabemos que no se detendrá, por lo menos no mientras estemos en esta ciudad; y seguimos adelante.
Finalmente, luego de lo que parecen ser horas o décadas, estamos parados frente al gran cartel que indica el final de esta urbe; una señal que algún gobierno colocó allí con indicaciones y referencias, distancias y nombres, letras blancas sobre fondo verde, chorreando, una silueta más que una señal. Apenas si podemos ver un par de pasos más adelante, la lluvia se ha vuelto tan densa que ha logrado desgarrar algunas prendas y mochilas, colándose dentro de la ropa en cascadas, lamiendo los cuerpos con saña. Pero ya nada importa, hemos llegado, solo nos queda cruzar esta calle, el cinturón de asfalto que rodea parte de la ciudad como una barrera sutil, cuatro carriles de cemento como barrera final, vacíos, silenciosos, invisibles. Nos tomamos de las manos, apretando suavemente, aferrados unos a otros, juntando nuestra poca energía y nuestras esperanzas para poder avanzar, cargados de agua y cansancio. Y así, tomados de las manos, comenzamos a caminar.