Campesina no me atrevo a llamarme (por respeto a los verdaderos). Tampoco
citadina: la ciudad es un ladrón con cuchillo que me deja acezante. Yo soy pueblerina.
Vengo, como Piero, desde el barrio chico, de mi calle angosta, de casas apiñadas en torno a
una iglesia, una escuela, una estación de policía, un cementerio. Aquel caserío que
—parado sin nervios sobre una vertiente de la Cordillera Central de Los Andes— admira el
gran valle del río Cuca. Vengo de la generosidad del número uno (una lista del fiado, un
pupitre, un profesor, un miedo, una fuente de soda con su disyóquey) compartida entre
varias generaciones, pocas familias… Y hoy me da por preguntarme qué implica ese
hecho. ¿Qué implica empezar sin afán, sentada en la única esquina, viendo cómo la vida
cabe toda en una calle (culebra seca que sube y se enrosca en la montaña siempre mojada
de rocío, de sudor, de tristeza de nube, tristeza de raza)? ¿Qué implica empezar afuera y no
adentro? Sin bolsillos, sin libros; con música hasta en los tuétanos, varios pares de ojos
encima; murmullos enmarcados en ventanas, siempre buenos días, buenas noches.
Después del almuerzo, con los platos y la pereza rondados por las moscas, mis
padres me deleitan con historias de gente que conozco, cuando menos de oídas. Y no cesa
de maravillarme toda la vida y toda la muerte que cabe en unos cuantos metros. La
humanidad es la misma en todas partes, pienso, y recordarlo en momentos de alienación
me reconforta. Sobrevivo a la gran ciudad porque vengo del universo de mi caserío:
familias del locos, ladrones de gallinas, reinas de belleza, enemistades mortales, apodos,
curas borrachines, feminicidios, niños huérfanos, romances cáusticos, fiestas de quince
idas a la olla, incestos, amigos de catina, conductores desquiciados, envidias (unas más
letales que otras). ¿Cuántos han orinado y vomitado la esquina donde besé al pelado
venido de la ciudad? (Ese beso que nos dio la vuelta a todas: en una banca del parque,
sobre el mosaico achilado de la discoteca, detrás del colegio, en el andén de su casa).
Quiero narrar el rostro de mi pueblo, buscarme en sus nombres, aceptar mi punto
medio y entender cómo me determina.