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Norberto puso el pulgar en el encendedor e hizo toda la fuerza del mundo. La chispa
apareció, firme y candente. El tabaco había sido prensado en una fábrica perdida de
Brasil, su silueta era elegante, blanquecina. La saliva del fumador se esparcía por la
punta contraria, cerrada. Todo era aspiración y espera. Primer acercamiento, primera
inhalación, nada. Segundo acercamiento, calor, segunda inhalación, nada. Tercer
acercamiento, quemadura de ínfimo grado en el dedo, tercera inhalación, nada. Cuarto
acercamiento, quemadura con posible futura ampolla, cuarta cansada inhalación, nada.
La llama se apagó, el fuerte escupitajo se llevó consigo cigarro, saliva y algún resto de
comida que no había sido retirada de la cepillada matutina. El piso de azulejo lo recibió
sin quejarse. Era imposible establecer cuantos cigarros habían sido escupidos con
bronca esa semana. Que decir esa semana, ese año, esos años. Norberto ya había
perdido la noción del tiempo desde el último cigarro que había podido fumar. No se
acordaba el día exacto, pero sabía que era mucho tiempo. Fue un día, tan inesperado
como común, que el cigarro último se le apagó en medio de su cara, a medio fumar,
solo, como por arte de magia. Lo intentó prender y fue imposible. Al principio fueron
todo risas. Pero al observar que el cigarro al pasar a la boca de cualquier otro fumador,
este se prendía como debía hacerlo, largando ese humo grisáceo, hollínoso, ominoso, y
al devolverse a la suya se apagaba inmediatamente. Todo fue preocupación. Los
intentos fueron miles, frente al espejo, desde la boca de otro, con otro cigarro, desde el
encendedor de otro, con la olla de la cocina, de cabeza, prensado a mano, prensado en
masa, tabaco, hachís, marihuana. Nada que pudiera ser fumado por Norberto desde ese
día se le era permitido. Como si una fuerza sobrenatural lo desterrara del hábito ya
habitual de fumar.
Pero él no paraba de intentar, luego del fracaso mañanero comió unas empanadas frías
con pocas ganas, relojeando la caja de cigarros semiabierta. Una de ellas, porque tenía
cerca de tres mil en su colección de cigarros no fumados. Había probado todas las
marcas que cualquier mortal conocía. Las primeras diez creyó que era un error de
fabricación. Acompañaba esta afirmación con puteadas a toda voz contra el país de
mierda en el que le tocaba vivir. Entonaba a los cuatro vientos la incapacidad bananera

de una nación incapaz de importar cigarros como la gente. Luego se daba cuenta que
poco importaba país, precio o fabricante. Norberto, no podía prender un cigarro.
Aunque ese día algo de esperanza hollinosa lo acompañaba. A las catorce horas tenía
una consulta con un psicólogo recomendado por una amiga, este decía que era capaz no
solo de que la gente dejara de fumar, sino de que volviera a hacerlo luego de dejarlo. No
sé si esto era buena publicidad, pero a Norberto le parecía una intersante posibilidad
para dialogar sobre el extraño habito deshabitado. Él no era mucho de hablar, y menos
de menudencias tan insignificantes como la de no poder hacer algo. En los hechos, él no
se creía capaz de ser incapaz. Tal vez por esto le molestaba tanto la pérdida de un hábito
construido por muchos años. Sentía orgullo al llenarse de humo las entrañas. Un placer
propio, intimo. Tal vez eso le impedía hablarlo, fumar era su intimidad, su estado suyo,
solo, único.
Escuchó su nombre, la voz ronca de la recepcionista le dio un poco de envidia. Más su
olor. Ya sabía mucho de olores, se había convertido con los años en un fumador pasivo
empedernido. Hasta había conocido gente nueva solo por la posibilidad de acercarse
mientras ellos estaban fumando. En esos casos él decía que había dejado de fumar, no
aguantaba la cara de lástima que los demás ponían por su incapacidad fumatoria.
Aunque también había notado algo extraño en esta existencia pasiva. Antes de que se
volviera un no fumador obligado, fumar pasivamente le parecía un ejercicio bastante
barato y satisfactorio, salvo algunos días que, dependiendo la marca del cigarro fumado
desde lejos, estos le ocasionaban una fuerte tos que alertaba al otro fumador sobre su
estado de pasivo. Estado que le molestaba mucho, y que luego del día d había dejado de
ocurrir. No es que no sintiera el olor al cigarro ajeno, simplemente no lo sentía.
La puerta se abrió, un hombre entre canoso y morocho le tendió la mano con una
sonrisa brillante y blanca. Se presentó, tomó un cuaderno pequeño y le dijo que se
sentara en el sillón que prefiriera. Norberto accedió a sentarse en el gris, dio una mirada
en todas direcciones y solo vio, cuadros sin gracia, títulos y la foto de algún paisaje que
poca importancia le dio. Al principio fue difícil abrirse ante el hombre, pero no tenía
ganas de perder tiempo, y el deseo de poder sortear este estado lo llevó derecho al tema.
-No puedo fumar-

El psicólogo lo miró unos segundos, acarició su sillón, rascó su oreja, hizo unos
garabatos en su cuaderno diminuto y abrió uno de los cajones. Tardó unos dos minutos
en encontrar lo que estaba buscando. Lo miró, sonrió y le tendió la mano a Norberto.

  • ¿Desea fumar? –
    El cigarro estaba frente a él. No parecía tener nada de particular. Blanco, con algunas
    rayas celeste y verdes. Una marca media entre inglesa e india. Estructura correcta,
    medida promedio.
    -Es que no me entiende. No es que yo no quiera. No puedo. No lo puedo ni prender.
    Todo cigarro que se acerca a mí, se apaga. Mejor dicho, no se prende, y si ya estaba
    prendido, se apaga inmediatamente si yo tengo la intención de fumarlo-
    El psicólogo lo miró nuevamente y anotó otras treinta cosas en su cuaderno diminuto.
    Llevó el cigarro a su boca y lo prendió con una facilidad profesional. Dio tres o cuatro
    bocanadas y le acercó el cigarro prendido a Norberto.
  • ¿Desea fumar? –
    Norberto lo miró entre molesto y esperanzado. Pensó en su amiga que lo había
    recomendado. Tal vez este hombre era una especie de chamán de la nicotina que
    mediante sus pases mágicos rompía el destierro.
    La mano se acercó lentamente, no tomaba un cigarro prendido hacía muchos años,
    sintió adrenalina. Las piernas temblaron, la parábola de su codo, antebrazo, muñeca y
    mano eran acompañadas de una mirada fija a la llama que se mantenía prendida,
    esperanzada, candente. Los labios tocaron el filtro, el cigarro se apagó.
    La rabia fue inmediata, el cigarro voló por los aires por la vehemencia con la que
    Norberto se levantó. El psicólogo intentó detenerlo hablándole lentamente, un poco
    asustado. El abstinente se sentó con el pecho agitado. El otro acomodó su camisa y miró
    fijamente al cigarro apagado. Se acercó a él y lo tomó para cerciorarse de lo que estaba
    viendo. El cigarro se prendió.
    -No ve. ¿No entiende que no estoy mintiendo? ¿No entiende por lo que estoy pasando?

    Norberto estaba a punto de llorar, pero no se lo permitía. Escondía su congoja con una
    violencia gesticular que asustaba un poco al psicólogo, este se contuvo y se sentó
  • nuevamente. Pensó unos segundos, anotó en su cuaderno diminuto dos o tres cosas y
  • volvió a preguntarle.
  • ¿Qué puede decirme de su familia? –
    La gesticulación exagerada del obligado no fumador se transformó en enojo visceral.
    Nuevamente las puteadas al aire fueron el escape. La recriminación por parte de
    Norberto de la falta de conexión entre su estado mágico y la información de su familia
    lo llevaron a levantarse y dar un portazo que le confirmó al psicólogo que la consulta no
    sería abonada.
    La calle lo tomó por sorpresa, no sabía que saldría tan temprano de la consulta. Eran
    cerca de las dos y media de la tarde, debía hacer tiempo. Buscó un café de mala muerte
    cerca del hospital. Las visitas arrancaban a las cuatro de la tarde. Y seguramente alguien
    más querría ir ese día, el viejo estaba muy jodido. Todos se acuerdan a lo último, pensó.
    Miró un rato por la ventana, aunque no había tantos, algunos fumadores pasaban felices
    con sus cigarros prendidos, emanando hollín por la boca y narices. Libres, fuertes,
    vivos. El mozo lo sacó del transe, miró el reloj un segundo y pagó automáticamente el
    café y las medialunas. Luego cruzó la calle, saludo al portero del hospital, charlo dos o
    tres cosas con la gente de limpieza y miró a la recepcionista con la confianza del que va
    seguido. Subió las escaleras, lentamente, pensando que diría hoy. Miró la puerta de
    entrada, abrió. El viejo estaba ahí, lleno de tubos, medio muerto, con los pulmones a la
    miseria.

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